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Los claros rayos de sol le despertaron a la mañana siguiente. No quería levantarse. Le gustaba quedarse en la cama durante unos minutos más para poder pensar. Siempre lo hacía. Pensaba en los sueños que había tenido, y generalmente eran todos con Speed. Ese día sin embargo no fue así. No soñó con nadie, o por lo menos no se acordaba de ello. En aquellos minutos que estuvo en la cama, pensó en lo que le podría deparar el día. Era sábado. A la tarde, como todos los fines de semana, saldría con sus amigas, pero a la mañana no tenía ni idea de qué podía hacer. Tampoco tenía muchas ganas de hacer algo. Pensó en el libro que se estaba leyendo. Lo empezó tan solo dos días atrás, pero aquella historia ya le había enganchado demasiado. Decidió entonces que a la mañana se quedaría en casa. Dedicaría el tiempo a leer esa historia triste y dura que reflejaba la vida al cien por cien. La historia tenía también una parte bonita, de amor. Al pensar en esto último se extrañó un poco. Le sorprendió. Nunca se había parado a pensar que todos los libros tienen su parte de amor. Todos y cada uno de ellos. Sin excepciones. Eso le gustaba. Ella siempre había pensado que las tres cosas más importantes de la vida eran: el amor por encima de todo, las miradas de complicidad y las sonrisas nunca forzadas. Todo lo demás venía después, mucho menos importante.
Se levantó de la cama casi sin ganas, bostezando. Se fue al salón y allí encontró a su familia desayunando. Dio los buenos días y al regresar con su desayuno de la cocina les dijo a sus padres que esa mañana se quedaría en casa. Sus padres asintieron, aunque en realidad Mery sabía que no le habían hecho caso y que al cabo de un rato le preguntarían si no iba a salir. Devoró su Cola-Cao con cereales y se fue directamente a su habitación. Decidió encender el ordenador y al ver que no había casi gente con la que hablar se puso en estado “ausente” y se hecho en la cama para leer a gusto y tranquila.
Al cabo de haberse leído, o mejor dicho, engullido el libro, hizo una pequeña pausa. Al levantar la cara se dio cuenta del silencio que se había producido en la habitación. Completo y absoluto silencio. Se podía escuchar el pequeño tik-tak que producía el reloj situado más allá de la puerta de su habitación. A excepción de eso no había ningún tipo de ruido más. Escuchaba aquel ligero “piiii” que producía este tipo de silencios.
Era sábado, hacía buen día, un espléndido día. Hacía tiempo que el sol no brillaba tanto pero tenía que estudia Física. Si no… iba a estar acabada ese trimestre. No entendía nada y si no se ponía ya a estudiar suspendería. Si eso ocurría no podría volver a tocar la calle durante mucho tiempo.
¿Qué presión hay en un objeto situado dentro de una piscina si está situado a 45m del suelo? No lo sé. ¿Cuánto mide la piscina? ¿Y el agua es salada o dulce? Vale, será dulce pero nunca se sabe. AHH! No puedo más. Me supera.
Abrió la ventana y respiró un poco de aire fresco. Difícil era en medio de la ciudad de Barcelona. Miró a su pecera, intento llamar la intención de Dama, su pez preferido, pero ella no hizo caso. Les echó un poco de comida, todos fueron corriendo a por ella. “Como si no les alimentara nunca” pensó.
Se puso en el ordenador, todavía no se había conectado ninguna de sus amigas. Era pronto y estarían durmiendo como casi toda Barcelona un sábado.

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